lunes, 13 de julio de 2009

Amores Castizos


"Cada paso que doy hacia delante, es una mirada atrás buscando tu recuerdo"


Escuchando: Dido- Here With Me
Como cada mañana se sentaba a esperar a que la muerte la llevase con ella.
Apoyada en la escalinata de piedra caliza carcomida por el paso del tiempo, dejaba las horas trascurrir lentamente mientras hundía su fatigada mirada llena de surcos y grietas en el horizonte.

El sol anaranjado comenzaba a resurgir sobre la línea del mar anunciando la llegada de un nuevo día. Pero a Matilde le daba igual. Había disfrutado de muchos amaneceres como éste, pero nunca los había vislumbrado sola. Ya no le resultaban impactantes. Ahora sus tonos rojizos repletos de destellos naranjas carecían de sentido desde que no los contemplaba junto al abrazo cálido de su esposo.

Había fallecido hacía varios años y ya no le quedaba ningún motivo para sonreírle a la vida, de hecho deseaba que ésta acabara lo antes posible.

El hedor que desprendía el interior de su casa resultaba inaguantable para los que se acercaban a pagar mensualmente la cuota del garaje que arrendaba en una vieja nave situada al final de la calle.
Les abría la puerta tan sólo unos centímetros los suficientes para que el olor nauseabundo les golpeara de lleno en las narices, a veces su astuto gato se escapaba por esa pequeña rendija y lograba disfrutar de unos instantes de libertad hasta que le atraparan de nuevo las regordetas manos de su dueña.

Adentro se hallaba una instancia repleta de soledad. Sus muebles revestidos en madera de cedro y cubiertos por una visible capa de polvo escondían todos los momentos de felicidad compartida por aquella anciana y su marido, pero ahora, aguardaban tristemente el pasar de las horas junto a la dueña.

Conoció a Alfonso hace la friolera de más de sesenta y tres años cuando ella no era más que una chiquilla escuálida que aún no había desarrollado su cuerpo como las demás chicas de su barrio. Cada martes acompañaba a su madre a hacer la compra al singular Mercado Maravillas del centro de su madrileña ciudad.

Palpando unos vistosos tomates se encontraba él sonriendo con risita picarona a la hija del frutero. Era alto y apuesto, con una mirada intensa de miel y almendra. Su cabello travieso y despeinado le daba un aire rebelde apoyado por su pose de chuleta de barrio.
Sintió el corazón estallar dentro de ella golpeando fuertemente que la hizo cerrar la boca para que no se saliera de su pecho.

-“Anda Mati, tráeme unos tomatitos para el guisado”.


Y como en aquella época jamás se desobedecía a las madres aunque quisieras desaparecer del mundo en aquel instante, camino con la vista sin alzarla del suelo del mercado y se situó lo más alejada que el puesto le permitía de él pero que a su vez no le impidiera perder detalle de sus gestos.
La muchacha a la que hablaba era ya toda una mujercita con sinuosas caderas y pechos turgentes. Como deseó que su cuerpo se asemejara al de ella y no sus trazos infantiles aún por definir. Debían tener ambas la misma edad.
De repente, sus miradas se entrelazaron. Ella bajó la vista y fingió observar los puerros situados entre ambos. Pero sentía su mirada fija en ella. Le ardían las mejillas.

-¿Quién va?
-……
-¿Quién va?
-……
-¿Niña no te tocaba a ti?



Ahora la quemazón de las mejillas le subió hasta las horquillas.
Todos en el puesto la miraban. Él también. La hija del frutero la miró con descaro y le dijo algo en bajo al chico y ambos rieron mientras ella la miraba con sonrisa burlona.
Pidió su kilo de tomates y se marchó al borde de las lágrimas y el corazón rebosante de su risa, sus ojos, su pelo, su pose, su tez…
Tuvo fiebre en los tres días posteriores y no quiso levantarse de la cama más que para ir al baño. Su padre temía que su pequeña se hubiera infectado de tifus o algún otro mal preocupante.

Al cuarto día se puso en pie y volvió al mercado. Esta vez había pedido prestado un jovial vestido rojizo y unos taconcitos de hebilla de dos centímetros a su amiga Carmen, que de paso la había puesto un poquito de colorete en las mejillas y unas pinceladas de carmín en los labios. Cuando se vió frente del espejo del baño público, ya que este nuevo cambio de imagen tuvieron que hacerlo a escondidas de las madres, padres y demás vecinas curiosas y chismosas del barrio, descubrió a una muchacha de enormes ojos verdosos y jugosos labios rojos, que no tenía nada que envidiar a la hija del frutero.

Cuando cruzó el umbral del mercado, le temblaron las rodillas, puede que él ni siquiera estuviera aquí, puede que se volvieran a reír de ella, y quiso dar marcha atrás. Pero al girarse sobre sí misma se tropezó con alguien que rápidamente la tomó por la cintura mientras la decía entre susurros:

-“Disculpe señorita, no debería ir usted sola por este mercado, hay muchos lobos por ahí sueltos y a hora mismo uno la tiene acorralada por la cintura”.


Le costó escucharle a causa del sonido ensordecedor de sus latidos, y al sentir sus labios cerca de su oído un latigazo le recorrió la espalda que hizo que se tambaleara aun más, por extensión él la apretó más fuerte con sus manos. Quizá todo no durara más que un segundo pero para ambos el tiempo pareció detenerse en derredor.
Sus miradas se clavaron en los ojos del otro, y sus labios desearon derretirse en los de enfrente. Caminaron por las calles adyacentes sin decirse nada y contárselo todo a través de sus pupilas.
Él la estuvo cortejando durante varios meses hasta que una tarde se presentó con un ramo de flores dispuesto a pedir la mano de su amada al padre de Matilde.

Nunca jamás se separaron, no había un día en el que no estuvieran juntos, necesitaban de la presencia del otro para poder respirar. Cada uno era la bujía que iniciaba todo el motor que hacía que la maquinaria que componía sus cuerpos se pusiera en marcha.

Una tarde Alfonso comenzó a tener fiebres altas y a vomitar sangre. El tiempo transcurría y no había mejoría alguna. Vendieron su casita de la calle de los Artistas y marcharon a Mallorca para que la brisa del mar le mejorara la salud.

Pero una tarde Alfonso la llamó a su alcoba.

-Mati, pronto deberás caminar tú sóla.
-Pero yo sólo sé andar tras tus pasos.
-Encontrarás el camino, yo te guiaré desde dentro de tu corazón.



Y como una vela encendida, se fue apagando hasta consumirse todo el humo.
Ella le buscaba dentro de sí misma, pero no le hallaba. Él se había ido.
En la noche, buscaba entre sueños su espalda para recorrerla con sus dedos y no había nada al otro lado de la cama. Porque él se había ido.
Preparaba comida para dos porque no sabía calcular ni conocía otras medidas. Pero no había nadie al otro lado de la mesa sentado para degustar su plato favorito.

No tuvieron hijos porque alguno de los dos no podía concebir, pero no les importó en absoluto y por eso adoptaron a un diminuto y desnutrido Canela cuando le encontraron maullando perdido sin rumbo, agazapado entre unos cubos de basura buscando algún desperdicio para llevarse a la boca.

Se encerró más en sí misma y se echó a perder esperando el día en que se durmiera eternamente con las cenizas de su esposo entre las raíces del chopo de la plaza de Olavide donde él le declaró su amor. Guardaba las de Alfonso en el alfeizar de su ventana para mezclarlas con las suyas cuando la muerte se dignara aparecer. Llevaba dos años esperando y pensaba que cada vez quedaba menos para que viniera a por ella. Pese a que tenía una salud de hierro y por desgracia para Matilde aún le quedaba unos añitos más para desesperarse en la apatía de los días de Mallorca.

Echaba de menos Madrid. Su ruido, su caos, sus calles castizas y las trufas de la Mallorquina frente a la Puerta del Sol que devoraba tiempo atrás, entre sonrisas y confidencias con aquel muchacho divertido y picarón que bebía los vientos por ella.

Abrió los ojos y se dejó llevar por la luz tenue del atardecer. Su gato se enredó entre sus piernas ronroneando y pidiendo un poco de atención. Quería comer algo. Sus bigotes la hicieron cosquillas en las pantorrillas y tomó al viejo Canela entre sus brazos y poniéndose en pie torpemente y con gran dificultad, le susurró al oído:

-“Puede que mañana tengamos más suerte”.

Hoy la muerte pasó de largo.



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10 comentarios:

  1. Me ha encantado...Precioso.
    Muchos besos wapa.

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  2. Qué bien has descrito el amor auténtico, único, que pocas personas encuentran en sus vidas, y la desaparición de uno de ellos provoca una soledad inmensa, un caos en sus vidas, dejando de querer vivir y deseando la muerte. Me ha gustado el que ella cocinara para dos, por no conocer otra medida, eso indica el vínculo tan fuerte de unión entre dos personas que no conciben la vida sin el otro.
    Felicidades Noa, me ha encantado.
    Besos!

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  3. No todo el mundo consigue encontrar un amor así en la vida, los que lo encuentran deben sentirse muy afortunados...Pero después de tantos años cuando uno de los dos desaparece al otro le queda un gran pesar en el corazón, una soledad aplastante que a veces no se supera, por que es cierto que algunos duran unos meses más y mueren de pena...Me ha gustado mucho la historia ambientada en Madrid, por que conozco las zonas y Mallorca es un lugar precioso para retirarse. Espero que Canela le alegrara un poco más la vida a esa pobre anciana que espera la muerte. Un relato lleno de amor, de amor verdadero. Besos.

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  4. GRacias por darte un paseito por mi blog
    yo te leo a partir de ahora

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  5. ¡Hola! Nada, te vi en Google Friends en mi blog y decidí leerme un par de relatos. Este me gustó. Lo veo bien estructurado, con ritmo, una historia interesante, lo digo sinceramente.

    Pues nada, habrá que seguirte y explorar qué más tienes por aquí... ¡Un saludo!

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  6. Por razones técnica he tenido que dejar de actualizar mi blog:

    Escondidaenotromundo. blogspot.com

    Tengo uno nuevo desde el que te posteo,

    pásate cuando quieras.

    Un besote!

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  7. hubo un tiempo en el que la esperaba, de repente sentí su alargada figura que se adentraba sigilosa en la obscuridad que inundaba mi alma, hubo un tiempo que nunca llegó, hubo un tiempo en el que me quede aletargado esperando que su sonrisa macabra acabara con mi vida... por contra ví una luz que se colaba por debajo de mi puerta clausurada, esa luz me iluminó y cimentó un bastion donde solo quedaban cenizas, desde entonces esa luz alumbra la alcazaba de mi vida...gracias por ser esa luz

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  8. Noa: ¡Historia bella! Tan bella y triste a la vez... hay soledades hermosas, creo que la de Matilde era una de esas pocas.

    Confieso que me ha quedado un nudo en la garganta, y mis ojos se han quedado a punto de lágrima... pero he disfrutado el relato, casi casi en carne propia... algo tienen tus historias que me encantan.

    Besos, a ver cuándo podemos platicar. =)

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  9. Hola, me ha gustado mucho tu blog...
    tanto q lo voy lo voy a incluir en mi listado de www.losmejoresblogger.com
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