
Escuchando: Rosario Tijeras de Juanes
Sacó de su bolso la polvera y se retocó el maquillaje con delicadeza. Perfecta. Resplandeciente. La tez de Rosario era una mezcla de porcelana y piel tostada color canela. Los mechones de su flequillo azabache le caían de forma revoltosa sobre la frente. Sus ojos verdosos, dibujados en su rostro aniñado, no transmitían la crudeza de una vida concebida a partir de una lucha continúa por sobrevivir en un caos.
Era una mujer de armas tomar. Pero también inspiraba temor a su paso. No le temblaba el pulso al apretar el gatillo. Tan bella como peligrosa.
La volvió a guardar junto a su pistola de calibre 9mm Parabellum y se sacó un cigarrillo. Aspiró dos caladas nerviosas y siguió caminando calle abajo dejando a su víctima desplomada en el suelo.
Sólo era un trabajo más. Otra vida más que se va, pero para ella, sólo significaba dinero o en algunos casos, el dulce sabor de la venganza. Adoraba esa palabra. Ella encarnaba toda su vida. Había vivido con ella a cuestas desde que su padre la violaba cuando aún ni su cuerpo se mostraba como mujer. Sus ansias de venganza le hicieron ganarse su mote cuando le cortó los testículos con unas tijeras a uno de los muchachos del barrio que abusaron de ella cuando tenía catorce años.
Todo ello hizo que jamás hubiese amado a nadie. No sabía como hacerlo. Estaba vacía por dentro. Sólo amaba a su hermano muerto en una reyerta. Llevaba su imagen perenne en lo más hondo de su corazón y lloraba cada vez que revivía su rostro entre las tinieblas de la noche fría y falaz.
Rosario continuó apresuradamente, ocultándose entre las sombras de la noche. Sacó la llave y la deslizó en el interior de la cerradura. Una silueta expectante aguardaba su regreso con paciencia. Encendió la luz del cuarto y de forma insinuante se aproximó al hombre que permanecía sentado en el sillón de la sala. Su cabello castaño y lacio le caía de forma desfilada hasta la mitad de la nuca y sus ojos denotaban una admiración absoluta hacia la mujer que se le sentaba juguetonamente en las rodillas.
Junto a ella, desnudos bajo las sábanas, él no se lo podía creer. Recorría con suave delicadeza y mesura la espalda de Rosario con las puntas de los dedos. La había abrazado tantas veces, pero siempre para consolarla del dolor, por la pérdida de su hermano, por la ruptura con Gerardo, por los golpes de su amante de turno, por sus crisis con las drogas. Pero ahora, por primera vez, lo hacía después de poseerla, de sentirla dentro de él y de verla tan de cerca que seguía pensando que era una diosa con pistola bajo las faldas pero con un corazón infinitamente frágil.
Rosario se había formado en las calles de la hostil y peligrosa Colombia, entre maras, narcos y demás gentes del mal vivir. Había hecho perder la razón de tantos que la lista de sus amantes no tenía fin. Pero no recordaba la mayoría de sus nombres, ni sentía a precio especial por ninguno de ellos. Es más, no recordaba ya ni sus rostros. Ella siempre decía que nació con el corazón muerto. Jamás amó a nadie, y seguramente nadie la amó de verdad, sólo inspiraba deseo, pasión, temerosidad, poder, vicio. De esto último ella sabía mucho, siempre lleva cocaína en el bolso junto a su preciada polvera. Mató a tantos como corazones destrozó.
Pero su fin estaba tan próximo que su aliento fatal le rozaba la nuca. Y ella lo sabía.
Su compañero de alcoba despertaba en ella sentimientos encontrados. Sabía que no debía encariñarse con él, que debía alejarse y proseguir su camino en dirección totalmente opuesta. Pero no conseguía desligarse, era él único que la trataba con auténtica dulzura y respeto. Siempre supo que la amaba desde que le vió la primera vez en aquella discoteca de salsa y desaires junto a Gerardo. Pero ella prefirió a éste último, porque era como los demás, y sabía controlar esa situación. En cambio con Miguel se estaba enfrascando en una relación completamente nueva para ella. Pero sabía que al final todo acabaría.
La ira y la muerte se volverían contra ella.
Y tal y como previno, ocurrió más tarde. Fue la noche en que Rosario regresaba de la cárcel por cumplir condena, tras ser arrestada por posesión de drogas. Encendió su cigarro, aspiró pausadamente y se recostó en el sofá del local. Después de dos años alejada del mundo aprendió a amar a Miguel de forma reprimida y lo había enterrado en el olvido, sin embargo aceptó su invitación con cierta curiosidad y deseo de al menos sentir su presencia.
Él la amaba desesperadamente, soñaba con ella desde la primera vez que la vió, desde aquella noche en que les presentó su mejor amigo, pronto se enamoró de su risa, de su dentadura perlada, de su mecer de las caderas, de su baile sensual. Rosario …, Rosario.
Infinitamente hermosa.
Por fin, ella había regresado, no quería causar mala impresión después de tanto tiempo y por ese se demoró más de lo debido en encontrar su vestimenta apropiada, mientras al otro lado de la ciudad, Rosario pidió un margarita bien cargado.
Pero no era el único que ansiaba su regreso.
Sin esperarlo, Rosario sintió un susurro.
“¿No has cambiado nada preciosa?”. Mauro la sonreía maliciosamente, con una mente premeditada para la acción que tenía pensar en llevar a cabo.
“Bailamos” le sugirió a Rosario.
“Claro, porque no mi amor”.
Y se dejó llevar a la pista. Que bien olía la maldita pendeja.
Tal y como decían todos “Tan bella como peligrosa”. Ni la desidia de las rejas había menguado lo mas mínimo su belleza. Pero esta vez se aseguró de que su bolso y su pistola estuvieran bien lejos.
Recorrió las caderas de Rosario. Insinuante. Caliente. Intentaba ganar su confianza. Le invitó a una copa y después a otra, luego ella le invitó a una raya, y más tarde a otra. Y en un momento de dejadez, se percató de que ya no era dueña de sus sentidos. Sentía como perdía el control.
“Esto es por Carlos maldita puta”. Y una bala le atravesó el estómago liberando todo el dolor que le emponzoñaba el alma.
Al mismo tiempo entra él, el que soñaba cada día en todo momento con su regreso, él que la amó de verdad, el único que se fijó en ella como persona, como mujer, el único que la quería. Corrió a sujetarla con sus brazos mientras ella se volvía hacia atrás y caía sobre su espalda al suelo. Ella le logró ver por última vez, pero se fue a la tumba sin dedicarle una sonrisa, unas últimas palabras sentidas, porque no sabía como hacerlo, porque nadie la enseñó, porque él no tuvo tiempo de enseñarla, y, por primera vez, sintió miedo, así que calló tragándoselo todo y cerró los ojos esperando a dilucidar la luz que la liberaría de su amarga existencia.